
En ocho días, los hutíes cambiaron el mapa de Yemen. Entre el 3 y el 11 de septiembre avanzaron sobre unos 5,400 kilómetros cuadrados, tomaron seis distritos de Taiz y Hodeida, Moca y Dhubab, alcanzaron las islas del estrecho y se colocaron sobre Bab el-Mandeb, una de las rutas marítimas estratégicas del planeta. Para dimensionar la velocidad del avance: Rusia asegura haber conquistado alrededor de 5,300 kilómetros cuadrados en Ucrania desde enero. A los hutíes les tomó ocho días ocupar una superficie semejante. Y no partían de una posición marginal: aunque controlaban una porción menor del territorio yemení, bajo su autoridad vivían alrededor de tres cuartas partes de la población, incluida Saná, la capital.
Pero la importancia de la ofensiva no está solamente en cuánto territorio ganaron, sino en cuál. Hoy los hutíes controlan toda la costa yemení del mar Rojo y se han colocado sobre Bab el-Mandeb. No cerraron el estrecho. Hicieron algo bastante más preciso: anunciaron que la navegación comercial podía continuar para todos, excepto para Arabia Saudita. El mensaje no iba dirigido al comercio mundial. Tenía nombre, bandera y destinatario. Todos menos tú.
¿Por qué debería importarle a México lo que está ocurriendo a más de 12 mil kilómetros de distancia? Porque Arabia Saudita está descubriendo el costo de depender demasiado de un solo aliado. México debería mirar con atención. Mientras vuelve a explorar una relación bilateral más estrecha con Estados Unidos, sigue dejando pendiente una tarea mucho más urgente: diversificar sus mercados y reducir una dependencia comercial extraordinaria de un solo país.
No se trata de sustituir a Estados Unidos ni de negar una integración económica construida durante décadas. Se trata de tener alternativas. Arabia Saudita creyó tenerlas y hoy descubre hasta dónde llegan cuando los intereses de Washington dejan de coincidir con los suyos. Para México la advertencia es sencilla: tener un socio principal es una ventaja; depender de él para casi todo es una vulnerabilidad.
Arabia Saudita pidió ayuda. Mohammed bin Salman acudió directamente a Donald Trump en busca de una intervención militar estadounidense contra los hutíes. Washington ofreció inteligencia y apoyo para identificar objetivos, pero no los ataques que Riad esperaba. Después hizo algo mucho más revelador: se sentó a negociar directamente con los hutíes en Omán. El acuerdo esencial fue sencillo: los barcos estadounidenses no serían atacados y Bab el-Mandeb permanecería abierto a la navegación internacional. Arabia Saudita tendría que resolver su propio problema.
Arabia Saudita había preparado una salida para una crisis como ésta. El oleoducto Este-Oeste cruza unos 1,200 kilómetros de la península y lleva el petróleo desde los campos orientales hasta Yanbu, en el mar Rojo, evitando el estrecho de Ormuz. Pero tres de sus estaciones de bombeo fueron atacadas y la ruta quedó fuera de servicio. Con Bab el-Mandeb bajo control hutí y el paso vedado a los buques saudíes, Riad volvió a depender de Ormuz. Mohammed bin Salman pidió entonces ayuda a Washington: llamó dos veces a Donald Trump el 10 de septiembre para solicitar una intervención militar contra los hutíes y siguió presionando durante los días siguientes. Trump ofreció inteligencia y apoyo para seleccionar objetivos, pero se negó a intervenir directamente. Después llegó a ordenar los preparativos para un ataque y volvió a cambiar de decisión cuando la operación ya estaba en marcha. Arabia Saudita había construido una alternativa a Ormuz; lo que no había construido era una alternativa a Estados Unidos.
México lleva treinta años recibiendo advertencias sobre el riesgo de concentración y hoy, en 2026, sigue profundizando la concentración. La primera gran crisis del jitomate llegó en 1996, cuando productores de Florida acusaron a los exportadores mexicanos de vender por debajo de su valor y presionaron para que el Departamento de Comercio de Estados Unidos abriera una investigación antidumping. El conflicto produjo un acuerdo que no resolvió el problema: volvió a negociarse en 2002, 2008, 2013 y 2019. Hubo cuotas, amenazas de cierre, inspecciones, camiones detenidos durante horas en la frontera y productores mexicanos obligados una y otra vez a esperar una decisión tomada en Washington para saber si podrían vender su cosecha. En 2025 Estados Unidos volvió a terminar el acuerdo e impuso una cuota compensatoria de 17.09%. En 2026 tocó otra vez al aguacate: Washington suspendió las inspecciones necesarias para exportarlo desde Michoacán. Cambian el producto, el año y el gobierno estadounidense; la vulnerabilidad permanece.
Treinta años después de la primera crisis del jitomate, 83% de las exportaciones mexicanas siguen teniendo un solo destino: Estados Unidos. Más de ocho de cada diez dólares que México vende al exterior dependen de un mercado sobre el que no tiene ningún control. No es que falten alternativas ni instrumentos para construirlas. México tiene tratados comerciales con más de 50 países, pertenece a APEC y mantiene relaciones económicas con China, Japón, Corea del Sur y las principales economías europeas. Su propio Programa Sectorial de Economía establece como objetivo diversificar los mercados y destinos de las exportaciones nacionales.
Sin embargo, el 2 de julio pasado, cuando Marcelo Ebrard, secretario de Economía, fue consultado expresamente sobre la posibilidad de negociar un acuerdo comercial con China, respondió que México no preveía nuevos tratados de libre comercio, ni con China ni con otros países. La prioridad, explicó, era defender la posición mexicana en su principal mercado: Estados Unidos. Mientras Estados Unidos atraviesa una de las presidencias más inestables de su historia reciente, México sigue apostando ocho de cada diez dólares de sus exportaciones a una sola puerta.
Y no es falta de capacidad. México es el primer exportador mundial de cerveza; Bimbo se convirtió en la mayor panificadora del planeta; CEMEX construyó una de las grandes cementeras internacionales; América Móvil extendió sus redes por América Latina y Europa; Gruma llevó sus productos a decenas de países y Coca-Cola FEMSA es el mayor embotellador del sistema Coca-Cola por volumen de ventas. Hay infraestructura, capacidad industrial, experiencia logística, controles de calidad, conocimiento de los mercados internacionales y productos capaces de competir fuera de nuestras fronteras. Las empresas mexicanas llevan décadas demostrando que pueden salir al mundo.
Pero México sigue obstinado en concentrar su comercio exterior en Estados Unidos, cuando buena parte del mundo entendió ya que diversificar mercados, proveedores, rutas y socios no es una declaración ideológica sino una forma elemental de reducir riesgos. Y la contradicción empieza a rozar el absurdo: mientras Marcelo Ebrard declara que México no busca nuevos tratados comerciales con China ni con otros países, los OXXO ya aparecen en Brasil, Chile, Colombia y Perú y el Dr. Simi cruzó hace tiempo la frontera mexicana. El empresariado mexicano parece haber descubierto que el mundo no termina en Estados Unidos. Falta que se entere la política comercial mexicana.
México conoce incluso el otro lado de la historia. En 2023 cerró su mercado al camarón fresco y congelado de Honduras después de un litigio promovido por productores de Sinaloa. México era entonces el segundo mercado del camarón hondureño y entre 70 y 80% de lo que Honduras enviaba a nuestro país correspondía precisamente al producto congelado que quedó bloqueado. Para febrero de 2024, el valor de las exportaciones hondureñas de camarón había caído 79.4%. Bastó que un país cerrara una puerta para poner en problemas a toda una industria. La dependencia no tiene nacionalidad: México la padece frente a Estados Unidos y puede imponerla sobre economías más pequeñas.
Arabia Saudita acaba de aprender la misma lección. Cuando sus intereses dejaron de coincidir con los de Washington, Estados Unidos protegió los propios. Riad no dejó de ser aliado, socio estratégico ni uno de sus principales compradores de armamento. Simplemente descubrió que ninguna de esas palabras sustituye una alternativa.
México todavía puede aprender sin pagar el mismo precio. Diversificar no significa romper con Estados Unidos, sustituirlo por China ni escoger un nuevo patrón. Significa tener opciones. El resto del mundo parece haberlo entendido: diversifica mercados, proveedores, monedas, rutas y alianzas porque sabe que la dependencia funciona hasta el día en que deja de funcionar.
Mientras Estados Unidos atraviesa una de las presidencias más inestables de su historia reciente y enfrenta, al mismo tiempo, una de las crisis más profundas de su hegemonía global, México sigue apostando ocho de cada diez dólares de sus exportaciones a una sola puerta.
Porque cuando otro tiene la llave de la única puerta, no eres socio. Eres dependiente.
Y si, además, te colocas voluntariamente el yugo, eres el cordero.
El cargo El cordero de Trump / Por Lucía Deblock apareció primero en Reporte 32 MX, El medio digital de México.