
¿Alguna vez, amigo lector, te has preguntado por qué impera tanto desorden en nuestro país? Se manifiesta en cualquier actividad: desde lo social y político hasta lo económico, deportivo y cultural. Este caos cotidiano es el síntoma evidente de que la salud mental colectiva se fracturó hace mucho tiempo.
Desde el tipo que acelera su motocicleta para bloquearte el paso, el “gandalla” que ignora un alto, el vecino que abandona su basura frente a tu casa, o el funcionario abusivo que utiliza su cargo para humillar y denostar, todos son ejemplos de cómo las emociones destructivas han boicoteado el bien común.

Lamentablemente, estas acciones internas tienen un agravante: no permanecen recluidas en la mente de quien las padece. Se proyectan hacia el exterior, donde el sujeto utiliza un objeto —un vehículo, un arma o un cargo— como una extensión de su resentimiento. Ese objeto se convierte en el instrumento para demostrarle al mundo que él manda y que nadie tiene el derecho de cuestionarlo.
Una explicación psicológica a esta problemática sería esta: cuando el mundo interno está fracturado, cualquier instrumento de poder —sea una máquina, una jerarquía o una relación— deja de ser una herramienta de construcción para convertirse en un mecanismo de compensación.
Alguien que se siente insignificante, frustrado o dominado en su trabajo o en su casa utiliza la herramienta externa para sentirse “grande”. Las acciones derivadas de esa carencia son formas de gritar: “Aquí estoy y me tienen que ver”. Estos objetos les otorgan una sensación de libertad e impunidad, alimentando un narcisismo desbordado e inquietante.
Al igual que los transgresores de la ley, los abusadores y los frustrados, sus “armas” exteriores son elementos que le indican al mundo que nada tiene más valor que ellos mismos. El objeto se convierte en un escudo que los aísla de la realidad y del daño que causan a terceros.

Está claro que quien no ha logrado gobernar sus propias emociones busca, desesperadamente, gobernar su entorno. El objeto se convierte en una prótesis para un ego que se siente pequeño. Bajo esta lógica, el abuso del espacio ajeno es, en realidad, un intento fallido por expandir un espacio interno que está herido.
La prepotencia no es signo de fortaleza, sino el síntoma de una necesidad urgente de validación a través del dominio.
El abuso de cualquier recurso es el refugio de quien teme a la igualdad. La falta de respeto y la ausencia de empatía nacen de la necesidad de sentirse “el más chingón del mundo” para no enfrentar su propia insignificancia.
Todos usan su pequeño o gran poder como una venda para tapar sus heridas emocionales. Mientras el éxito se siga midiendo por la capacidad de pisotear al otro, seguiremos viviendo en una selva donde las herramientas, en lugar de construir, solo sirven para destruir. Con estas formas e ideas raras, el país se dirige a un precipicio cada vez más cercano.

O tú, ¿qué opinas?





