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La histeria y la zona gris / Por Lucía Deblock

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Seguir el cereal para encontrar una sola guerra

Más que la sorpresiva visita del director de la CIA, John Ratcliffe, a Moscú el pasado 25 de agosto, me parece reveladora una entrevista concedida apenas unas horas antes a BBC Newsnight por Andrei Fedorov, exviceministro ruso de Asuntos Exteriores. Al hablar de la creciente participación británica en la guerra de Ucrania, Fedorov advirtió que Rusia podría pasar de las respuestas verbales a alguna reacción “visible”. Mencionó ataques cibernéticos, medidas políticas e incluso acciones “semimilitares”. Cuando el periodista Adam Fleming le preguntó si las fábricas británicas que producen drones para Ucrania podrían ser atacadas militarmente por Rusia, Fedorov hizo una precisión inquietante: “Podrían ser atacadas, no por Rusia, sino por… fuentes desconocidas”.

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            Al día siguiente, Ratcliffe aterrizó en Moscú. Había salido de Washington el domingo 23 de agosto y hecho una escala inusualmente larga en Riga, Letonia, donde permaneció casi 24 horas antes de continuar hacia la capital rusa. De lo que ocurrió durante el viaje se sabe poco y las versiones periodísticas han sido contradictorias, mientras Washington y Moscú han evitado aclarar el propósito de la visita y descalificado buena parte de las interpretaciones publicadas. Entre las especulaciones, Larry C. Johnson, exanalista de la CIA, llamó la atención sobre el avión militar utilizado para el último tramo y planteó la posibilidad de que la misión incluyera la recuperación de cuerpos o algún intercambio de prisioneros. No existe confirmación de ninguna de las dos hipótesis. Lo único cierto es que, pocas horas después de que Fedorov hablara en la BBC de posibles acciones semimilitares de “fuentes desconocidas”, el director de la CIA estaba en Moscú.

            Europa, en cambio, hace tiempo que sabe quién tiene la culpa: Putin. Ursula von der Leyen lo ha repetido con pocas variaciones desde el inicio de la guerra en Ucrania: Putin es responsable de la crisis energética, de la inflación derivada del encarecimiento del gas, de la amenaza contra la seguridad europea y, más recientemente, de una campaña híbrida destinada a desestabilizar al continente. La explicación ha resultado extraordinariamente útil. Bajo la amenaza rusa, los gobiernos europeos han podido justificar aumentos del gasto militar que hace apenas unos años habrían resultado políticamente difíciles de vender, asumir costos energéticos considerablemente mayores, trasladar recursos hacia defensa y seguridad y comenzar a revisar un Estado de bienestar que durante décadas formó parte del contrato social europeo.

Pero el efecto más importante quizá sea otro. Después de cuatro años de advertencias sobre una eventual agresión rusa, sabotajes, ciberataques, interferencias, desinformación y operaciones híbridas, buena parte de la sociedad europea ya no necesita que le expliquen de dónde viene la amenaza. La respuesta ha sido instalada previamente. Cuando algo ocurre —un dron sobre un aeropuerto, un incendio, una interferencia en el GPS, un cable que se rompe— la pregunta ya no comienza necesariamente por qué pasó, sino por cuánto tardará en aparecer Rusia en la explicación.

            Y las cosas están empezando a ocurrir. El 4 de agosto, un dron cargado con explosivos apareció en el aeropuerto de Leipzig/Halle, uno de los principales centros logísticos utilizados para transportar material militar hacia Ucrania. Estaba cerca de varios aviones de carga ucranianos Antonov y, según las investigaciones, una falla en el dispositivo habría evitado la explosión. El ministro del Interior alemán, Alexander Dobrindt, habló inmediatamente de un “escenario de ataque híbrido”; semanas después, el canciller Friedrich Merz elevó el tono: Alemania, dijo, se encuentra cada vez más en la mira de ataques híbridos y los responsables “pagarán por ello”. El gobierno alemán todavía no ha atribuido oficialmente el ataque, aunque Merz anunció que lo hará en breve y que la respuesta ya se prepara en coordinación con sus aliados europeos y de la OTAN.

Más al este, Polonia lleva meses registrando interferencias cada vez más intensas en sus sistemas de navegación satelital. Teléfonos, barcos, aviones y drones han sufrido anomalías de GPS que alcanzaron niveles récord este verano en Pomerania. El propio Instituto Nacional de Telecomunicaciones polaco sostiene que la perturbación proviene del exterior y está vinculada con sistemas de guerra electrónica que operan en la región del Báltico.

En el mar, la tensión es todavía más visible. Fragatas británicas han salido repetidamente al encuentro de buques rusos que navegan cerca de sus aguas, en operaciones de seguimiento que Londres presenta como respuesta a una actividad naval rusa cada vez más agresiva alrededor de Reino Unido y del norte de Europa. Los encuentros no han desembocado en enfrentamientos abiertos, pero obligan a movilizar barcos, aeronaves y sistemas de vigilancia cada vez que una unidad rusa se aproxima. No hace falta disparar: basta con acercarse lo suficiente para conseguir una reacción.

El fenómeno no se limita a Europa. La guerra entre Israel e Irán también parece haber encontrado caminos para extenderse sin necesidad de abrir formalmente nuevos frentes. A finales de julio, más de treinta sistemas municipales de agua en Minnesota fueron atacados de manera coordinada; las agencias de inteligencia estadounidenses consideraron probable la participación iraní, aunque no establecieron una atribución definitiva. Ataques similares se registraron después en otros estados.

La presión ha llegado incluso a las familias de los dirigentes. Benjamin Netanyahu reveló hace unos días que Irán había intentado asesinar a uno de sus hijos. Poco después se supo que Yair Netanyahu había sido sacado precipitadamente de Miami y trasladado a Israel ante lo que el Shin Bet describió como una amenaza “significativa”. Casi simultáneamente, la televisión estatal iraní difundió un video sobre un eventual atentado contra Barron Trump, mostrando lugares que frecuenta y mencionando una recompensa de diez millones de dólares. El Servicio Secreto estadounidense confirmó que conoce el video y que investiga cualquier amenaza contra las personas bajo su protección. Irán, por su parte, negó posteriormente que exista un plan para asesinar al hijo de Trump y acusó a Netanyahu de utilizar esa versión para presionar al presidente estadounidense.

Benjamin Netanyahu

Sin embargo, quizá la zona gris más peligrosa se esté formando en el Mar Negro. Ahí no sólo se enfrentan Rusia y Ucrania. Alrededor están Turquía, Rumania y Bulgaria, tres miembros de la OTAN obligados cada vez con mayor frecuencia a reaccionar ante drones, minas, embarcaciones no tripuladas y ataques contra buques que desbordan los límites geográficos de la guerra. Turquía ha tenido incluso que citar al embajador ucraniano después de los ataques contra embarcaciones operadas por empresas turcas, mientras drones navales ucranianos que Kiev dijo haber perdido por efecto de la guerra electrónica rusa han terminado fuera de su zona de operaciones, uno de ellos en el puerto rumano de Constanța.

En medio de ese escenario, el 26 de julio, durante una reunión con miembros de la Marina rusa en San Petersburgo con motivo del Día de la Armada, Vladimir Putin hizo una declaración difícil de pasar por alto: “Estoy convencido de que, tarde o temprano, Ucrania perderá esos territorios occidentales, las tierras que alguna vez pertenecieron a Polonia, Hungría y Rumania”. Dijo que podía ocurrir en uno, dos, diez o quince años y agregó que Rusia había sido “el único garante de la integridad territorial de Ucrania”. Dos días después, Polonia respondió oficialmente que “no ha tenido, no tiene y no tendrá” reclamaciones territoriales sobre Ucrania.

Vladimir Putin

El efecto ya se trasladó a los mercados. Los futuros de trigo negociados en Chicago, una de las principales referencias internacionales para el precio del cereal, llegaron la semana pasada a su nivel más alto en tres años y se encuentran alrededor de 30 % por encima del mínimo registrado a finales de junio. No es que el trigo haya desaparecido: una parte importante corre el riesgo de quedar atrapada en el Mar Negro y sustituirla cuesta más. En 2022, cuando las exportaciones rusas y ucranianas quedaron severamente afectadas, Francia y Australia estuvieron entre los principales beneficiarios. Francia prácticamente duplicó entonces sus exportaciones y ganó mercado, especialmente en el norte de África; cuando el trigo ruso regresó con precios más bajos, volvió a perderlo. FranceAgriMer advertía ya en julio que las dificultades rusas y las tensiones en el Mar Negro abrían nuevas perspectivas comerciales para el trigo francés.

Y aunque en Europa ya sabemos que Putin tiene la culpa de casi todo, en este caso la secuencia no resulta particularmente difícil de seguir: Ucrania comenzó atacando la navegación y la infraestructura exportadora rusa; Rusia respondió contra las salidas ucranianas; el cereal de ambos países encuentra ahora crecientes dificultades para abandonar el Mar Negro, los precios reaccionan y Francia vuelve a encontrarse frente al mercado que ganó cuando el trigo ruso y ucraniano dejó de competir en condiciones normales.

 Las “fuentes desconocidas” pueden ser difíciles de identificar; los intereses económicos que aparecen alrededor de ellas suelen ser bastante más visibles.

Volodímir Zelenski / Vladimir Putin

Pero si es posible contener la escalada, la salida vuelve a pasar por un actor que aparece una y otra vez en los puntos de contacto entre estos conflictos: Turquía.

Ankara intenta negociar con Rusia y Ucrania un nuevo mecanismo que garantice el tránsito seguro del grano por el Mar Negro. Su condición de miembro de la OTAN no ha impedido a Erdogan mantener durante toda la guerra una relación propia con Moscú, conservar abiertos los canales con Kiev y convertirse, una vez más, en el interlocutor capaz de hablar con ambos.

La posición turca permite además observar otro cruce. Cuando los ataques israelíes en Siria alcanzaron intereses directamente vinculados con la seguridad de Turquía, Moscú reaccionó en respaldo de Ankara. Rusia y Turquía, enfrentadas y aliadas según el escenario, vuelven a encontrarse ahora alrededor del Mar Negro mientras mantienen abiertos otros tableros en Siria y Oriente Medio. Las guerras de Rusia-Ucrania y de EEUU/Israel-Irán quizá no estén tan separadas como parecen.

El cargo La histeria y la zona gris / Por Lucía Deblock apareció primero en Reporte 32 MX, El medio digital de México.

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