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La implosión del neoliberalismo: Cuando el poder se devora a sí mismo / Por Lucía Deblock

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Marine Le Pen encontró un nuevo nombre para explicar la violencia que sacude a Francia: «mexicanización». La dirigente de la derecha nacionalista francesa recurrió a México como metáfora del crimen organizado, la inseguridad y la pérdida de control territorial. Una explicación cómoda, aunque bastante peculiar, para un país que lleva años enfrentando redes de narcotráfico, disputas entre organizaciones criminales y una creciente penetración del crimen en sus principales centros urbanos.

Marsella no está en México. Tampoco Bruselas ni los puertos neerlandeses por los que circulan algunas de las principales rutas del narcotráfico europeo. Sin embargo, resulta políticamente más rentable convertir a un país lejano en símbolo del deterioro que examinar las responsabilidades acumuladas de los propios gobiernos europeos.

La fórmula tiene antecedentes y aplicaciones mucho más ambiciosas. Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, ha encontrado en Rusia y en Vladimir Putin una explicación recurrente para las dificultades del continente. La invasión de Ucrania alteró profundamente el escenario europeo, pero ni el endeudamiento público, ni la precarización laboral, ni la crisis de vivienda, ni el debilitamiento de los servicios públicos comenzaron en febrero de 2022.

El mecanismo es semejante: desplazar hacia el exterior las causas de un malestar que también se ha incubado dentro del propio sistema.

Y mientras se multiplican los enemigos a quienes atribuir las consecuencias, las estructuras económicas y políticas que produjeron buena parte de esas contradicciones permanecen prácticamente intactas.

La oposición que termina administrando el sistema

Giorgia Meloni llegó al gobierno italiano en 2022 con un discurso nacionalista y soberanista, abiertamente crítico de Bruselas. Sin embargo, terminó convirtiéndose en una interlocutora fundamental de las instituciones europeas y en defensora del apoyo a Ucrania.

La paradoja revela la capacidad del sistema para absorber a sus adversarios: cambian los discursos y los gobiernos, pero permanecen las estructuras de poder. Marine Le Pen podría enfrentar una contradicción semejante en Francia.

Cuando la incorporación de los opositores no basta para preservar el modelo, la disputa se traslada a otro terreno: el control de las instituciones.

La soberanía bajo disputa

En Polonia, Donald Tusk, primer ministro y expresidente del Consejo Europeo, encarna otra dimensión del conflicto: la disputa entre la soberanía constitucional de los Estados y la primacía del derecho comunitario. El Tribunal Constitucional polaco cuestionó en 2021 que las instituciones europeas pudieran imponerse sin límites sobre la Constitución nacional, abriendo una confrontación directa con Bruselas.

La confrontación alcanzó un punto crítico el viernes 30 de octubre, cuando se anunció la suspensión del presidente y el vicepresidente del Tribunal Constitucional. La intervención ocurrió por la tarde, mientras el presidente Karol Nawrocki se encontraba rumbo a Senegal y Polonia iniciaba el fin de semana largo de Todos los Santos. La coincidencia de circunstancias resulta políticamente elocuente: una institución constitucional intervenida, el jefe del Estado ausente y un país entrando en días de recogimiento. Todo ello en medio de una disputa por la supremacía del derecho europeo sobre la Constitución polaca. Difícil contemplar semejante escenario sin advertir, al fondo, la sombra de Bruselas.

Más allá de los argumentos jurídicos enfrentados, la cuestión de fondo es quién conserva la última palabra sobre las instituciones nacionales. Una disputa particularmente significativa ante las elecciones parlamentarias polacas de 2027, y una muestra de cómo la defensa del orden democrático puede convertirse, también, en una lucha por definir quién tiene derecho a administrarlo.

Una crisis anterior a la guerra

La fragilidad económica europea tampoco comenzó con la invasión rusa de Ucrania. Décadas de austeridad, endeudamiento público, precarización laboral y debilitamiento de los servicios sociales habían erosionado las condiciones de vida de millones de ciudadanos mucho antes de 2022.

Francia constituye un ejemplo elocuente: su deuda pública supera el 110% del PIB, muy por encima del límite de referencia del 60% establecido por la Unión Europea. Mientras tanto, el encarecimiento de la vivienda, las dificultades de acceso a servicios públicos y la pérdida de poder adquisitivo alimentan un malestar social persistente.

La ruptura energética con Rusia, las sanciones y el incremento del gasto militar agravaron esas contradicciones. Pero atribuirlas exclusivamente a la guerra equivale a confundir el detonante con las causas estructurales.

Europa no entró en esta confrontación desde una posición de fortaleza económica. Lo hizo arrastrando las consecuencias de un modelo que llevaba años trasladando sus costos a la población.

El error de cálculo: apostar contra el tiempo

La guerra en Ucrania y las sanciones económicas contra Rusia se convirtieron en dos instrumentos complementarios de la estrategia occidental: desgastar militarmente a Moscú y debilitar su economía hasta comprometer su capacidad para sostener el conflicto. La apuesta era que el aislamiento financiero, las restricciones comerciales y la pérdida de mercados acelerarían el agotamiento ruso.

El error fundamental estuvo en el cálculo del tiempo. Europa parecía confiar en que Rusia cedería antes de que los costos económicos y sociales de aquella estrategia comenzaran a comprometer su propia estabilidad. Un debilitamiento profundo de Moscú habría abierto, además, la posibilidad de obtener ventajas financieras, comerciales y de acceso a sus vastos recursos naturales, capaces de aliviar algunas de las contradicciones económicas europeas. La apuesta no consistía solamente en derrotar a un adversario geopolítico, sino también en beneficiarse de su pérdida de autonomía económica.

Pero Moscú reorientó sus exportaciones energéticas, amplió sus relaciones comerciales con Asia y reorganizó buena parte de su aparato productivo alrededor de una economía de guerra. El colapso esperado no llegó, mientras Europa enfrentaba mayores costos energéticos, pérdida de competitividad industrial y compromisos militares cada vez más prolongados.

La confrontación también abrió una disputa por los activos rusos inmovilizados en instituciones financieras occidentales, cuyos rendimientos comenzaron a utilizarse para financiar a Ucrania, mientras la posible confiscación del capital enfrentaba obstáculos jurídicos y financieros.

La paradoja es que una estrategia concebida para agotar al adversario terminó sometiendo a las sociedades europeas a una prueba de resistencia que sus dirigentes habían subestimado. El tiempo, que debía jugar contra Rusia, comenzó también a erosionar las bases económicas y políticas del propio proyecto europeo.

Ucrania: el costo de sostener la estrategia

La prolongación de la guerra convirtió a Ucrania en una exigencia financiera permanente para la Unión Europea. Miles de millones de euros continúan fluyendo hacia un país marcado por escándalos de corrupción, irregularidades en contrataciones públicas y deficiencias de fiscalización ampliamente documentadas.

La contradicción es evidente: mientras los gobiernos europeos exigen sacrificios presupuestarios a sus ciudadanos, mantienen compromisos extraordinarios de duración incierta, incluso frente a los problemas de transparencia y rendición de cuentas. La guerra justifica así recursos que parecen escasear cuando se trata de vivienda, educación, salud o bienestar social.

Cuando la realidad supera al discurso

El descontento comienza a expresarse en las calles europeas. En Alemania, las protestas contra el reclutamiento militar y el temor a una confrontación directa con Rusia se suman a las preocupaciones por el deterioro industrial y el costo de la vida. En Francia, las movilizaciones contra los recortes presupuestarios y la pérdida de poder adquisitivo exhiben el desgaste de un modelo que exige nuevos sacrificios sin ofrecer mejores perspectivas.

La distancia entre las prioridades geopolíticas de los gobiernos y las necesidades cotidianas de sus ciudadanos se ensancha. La amenaza exterior puede justificar decisiones extraordinarias, pero no paga la calefacción, el alquiler ni los alimentos.

Ésa es la contradicción que atraviesa hoy al proyecto europeo: cuanto mayores son los recursos destinados a preservar su posición estratégica, más difícil resulta sostener el bienestar social sobre el que construyó buena parte de su legitimidad.

La crisis del neoliberalismo europeo no proviene únicamente de sus adversarios. Se alimenta de sus propias decisiones, de sus contradicciones acumuladas y de la resistencia creciente de sociedades que comienzan a cuestionar el precio de sostenerlo.

Cambian los gobiernos, cambian los enemigos y cambian las banderas. Permanece el modelo.

Y todo, naturalmente, en defensa de la democracia.

El cargo La implosión del neoliberalismo: Cuando el poder se devora a sí mismo / Por Lucía Deblock apareció primero en Reporte 32 MX, El medio digital de México.

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