
Hubiéramos querido más, pero una poderosa selección de Francia impidió que la proeza llegara, aun así, la historia de esta selección mexicana rompió tabúes, estigmas y resistencias.
Era posible soñar, las grandes actuaciones del conjunto dirigido por Javier Aguirre así lo confirman. Las experiencias previas, sus dos mundiales a cuestas a cargo del tricolor, más un grupo de futbolistas plenos y en armonía hacían pensar que en esta ocasión llegaríamos más lejos.
Un gran trabajo en la primera parte de la eliminatoria nos colocó en la cúspide del grupo y empezamos a caminar a un ritmo vertiginoso y contundente.
Vencimos a nuestro primer rival, Ecuador en dieciseisavos de final, caminamos firmes y fuertes ante la poderosa Inglaterra y rompiendo maleficios los echamos en penales para pasar al siguiente nivel, al lugar de los elegidos, el de los protagonistas y dejamos en el olvido el lugar de los invitados eternos.

Con esa mística azteca, llegamos al sábado 11 de julio al Hard Rock Stadium en Miami para enfrentarnos a la poderosísima Francia con sus grandes astros.
Cansados luego del intenso partido ante Inglaterra y del pesado viaje, los momios no nos favorecían mucho y para nuestra mala fortuna se cumplieron, sin embargo, el equipo cayó de pie, luchando hasta el final con esa garra propia del futbolista mexicano.
La fiesta en el estadio opacó la amenaza latente del despreciable ICE y jugó todas sus cartas al Cielito Lindo. Ahí en las tribunas celestiales estaban las obras de Paz, de Monsiváis, el alma de la musa divina María Félix, el canto alegre de Pedro Infante, los miles de almas de los papás y abuelos que soñaron con este sexto partido.
Un Ángel de la Independencia pletórico casi todos los días y triste esa tarde porque perdimos, pero ganamos mucho más porque volvió la alegría a un pueblo dividido por los políticos tranzas e insensibles, un pueblo inundado de problemas reales y herido hasta los huesos.

Perder ante Francia no duele tanto, duele no seguir con vida para luchar por más, pero el legado histórico ahí queda. Fue un gran trabajo. Por primera vez la sincronía entre dirigentes, jugadores, cuerpo técnico y afición dio resultados positivos.
Además, haber enfrentado a una potencia descansada en esta instancia marca un techo técnico muy alto. El Tri compitió con orgullo, pero la lógica se impuso y quedamos eliminados dignamente por la mínima diferencia.
Para México se acabó la fiesta, pero se demostró al mundo que el fútbol mexicano y sus futbolistas son confiables. Son de raza fuerte y enjundiosa.
Quizás ya no importe tanto quién será el campeón del mundo, lo que ahora toca es continuar trabajando más y mejor. Que nazcan más Gilbertos Mora, que los naturalizados sean como Quiñones y Fidalgo, que los directivos sean pacientes y empáticos entre sí y apoyen al cien por ciento al talento nacional.

Ahora Javier Aguirre será el supervisor general del seleccionado tricolor y Rafa Márquez asumirá el control técnico del equipo. La meta es llegar a cuartos de final en el siguiente mundial a celebrarse en España, Marruecos y Portugal en 2030 y por qué no llegar a la mismísima final.
Hubiéramos querido más, pero no fue posible, por lo pronto gocemos de esta gran actuación en nuestro mundial 2026 y gocemos que la historia del fútbol mexicano pondrá este logro entre laureles dorados.





